Isiah Thomas.
En el número 24 de la New Left Review (Enero/Febrero 2004), el escritor norteamericano Benjamin Markovits publicó un interesante artículo titulado Los Colores del deporte. Markovits trataba de desmontar las teorías que afirman que “el determinismo biológico” tiene que ver con el éxito de los deportistas de raza negra. Markovits cita las palabras de Thomas como una referencia a la hora de reivindicar el trabajo de los deportistas negros, y finalizaba su artículo señalando, “el éxito no sólo de Yao Ming, sino de europeos blancos como Dirk Nowitzki y Peja Stojakovic en la NBA, una liga tradicionalmente dominada por afroamericanos, sugiere que la globalización de los deportes puede jugar algún papel en perturbar, más que en reforzar, lo estereotipos atléticos raciales”.
He recordado éste artículo al hilo del papel que ha jugado el equipo norteamericano de baloncesto en el Mundial de Turquía 2010, y de muchos comentarios que he leído y escuchado en diversos medios de comunicación y redes sociales. Cuando llevábamos años sin volver a mencionar aquello de que Estados Unidos ganaba por su “potencia física” o por sus “cualidades atléticas” el estereotipo ha regresado a las canchas. Perfecta justificación para desmerecer un dominio evidente en la consecución del torneo.
En la famosa medalla de plata de Pekín nadie atendió a esta circunstancia, y parecía que la victoria del equipo que entonces lideraba Kobe Bryant tenía que ver más con la bula arbitral que gozaba aquel conjunto que con otras circunstancias. Antes, en los sonoros batacazos que recibió el equipo americano en distintos campeonatos (especialmente su sexta plaza en el Mundial de Indianápolis, pero también con las medallas de bronce en Atenas 2004 y en Japón 2006) la frase recurrente era que el baloncesto FIBA y el de la NBA estaba cada vez más cerca, “también en el aspecto físico”.
Lo hemos escuchado estos días hasta la saciedad. Para algunos, muchos me temo, el éxito del conjunto entrenado por Coach K, y que, liderado en la pista por un sensacional Kevin Durant ha logrado la medalla de oro, “se basa en el físico”. Una afirmación con la que no estoy de acuerdo. Y tampoco creo que sea cierto si atendemos a la importancia que concedemos al talento y los recursos técnicos de los grandes jugadores que tenemos más cerca: Navarro, Ricky, o Rudy -por poner tres ejemplos- que, con independencia de sus prestaciones en Turquía, han demostrado ser unos jugadores capaces de competir contra cualquiera en una cancha de basket. Por no hablar de la cantidad de jugadores que están a un nivel físico impresionante, algunos de los cuáles compiten en la NBA, y no son negros.

Otra cosa es el estilo de juego o la táctica. Pero, con independencia de gustos, al equipo de Mike Krzyzewski no se le puede negar que estaba sólidamente construido. Un cuerpo técnico bien compensado, donde al entrenador de Duke estaba acompañado por un ayudante como Jim Boeheim (Universidad de Syracuse) gran conocedor de la defensa en zona (quizá por eso en La Sexta decían que los americanos la llamaba “orange”) fundamental para competir contra equipos FIBA; por una dirección en el juego con un jugador de la clase de Chauncey Billups; por jugadores con una técnica individual en el 1x1 prodigiosa como Russell Westbrook o Derrick Rose; por un defensor rocoso como Iguodala, o por un tipo que sabe como asumir un papel importante en el equipo sin llamar en exceso la atención como Lamar Odom. Ninguno de ellos tiene esa calidad en su técnica individual gracias a su físico, sino a horas de entrenamiento, y estudio de los conceptos del juego.
Si además tienes a un jugador tan determinante y completo como Durant la ecuación es difícil que salga mal. No nos equivoquemos, el campeonato no lo ha ganado él sólo. Al igual que les pasó a Sabonis, Divac y Oscar Schmidt, para obtener éxitos necesitas un equipo, y no un grupo de figurantes.
En mi opinión Estados Unidos ha sido el mejor equipo del campeonato de largo. Su adaptación al reglamento, su trabajo en defensa, y su respeto a los rivales son una demostración de que han construido las bases para ejercer un liderazgo que no tiene que ver ni con las individualidades de ensueño, ni con la prepotencia de antaño.
En definitiva, creo que, como señala Benjamin Markovits en su artículo, “somos en mucho mayor grado similares que radicalmente distintos”, y que su victoria no atiende a mayor criterio que ser los que mejor han jugado en Turquía. Lo contrario es, en mi modesta opinión, quedarnos en el tópico. Lo que habrá que hacer es ponerse mucho las pilas para estar a su nivel.
PD: Por cierto que el anterior post ha traído cola. Agradezco lo mucho que ha circulado, en especial por Twitter, y muchos de los comentarios que me han llegado. Me consta que a otros no les ha sentado tan bien, pero, como se dice en mi barrio, “cuando todo se puede decir el consenso es la censura”.
