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lunes, 18 de enero de 2010

Nosotros, vosotros, ellos (Haití)

No sé muy bien en qué estamos pensando. Llevo varios días en estado de sock. Leo las crónicas y me quedo helado. Da la sensación que los corresponsales sólo pueden expresar la inmensidad que les rodea, sin añadir juicios de valor.


Los reportajes llevan rápido a la sensación de injusticia, de impotencia, y de tristeza. Por la magnitud de la tragedia, por el abandono durante años de la comunidad internacional, por la carestía de los bienes más elementales, por la vergüenza del tiempo mirando a otra parte, por la miseria que produce la absoluta pobreza (que genera, como es evidente, miserables).

En la prensa deportiva de este país, que un jugador se tire un pedo es noticia (especialmente si es de la NBA). El espacio que se puede dedicar a temas tan importantes como que Marbury fume marihuana o que una hinchada grite un cántico provocador a un árbitro, es ilimitado.

Sobre Haití casi ni una palabra. “¿Qué tendrá que ver?”

El pasado viérnes 14 de enero en el partido contra los Sacramento Kings, de Sergio Rodríguez, Samuel Dalembert jugador de los Philadelphia 76ers. anotó 17 puntos y capturó 12 rebotes. Los Sixers vencieron y Dalembert, el único haitiano que juega en la NBA, donó 100.000 dólares para contribuir a los esfuerzos de ayuda a su país. La noticia fue titular de la agencia Reuters. Para otros fue que Sergio no había jugado ningún minuto en ese partido.



Dalembert en 2007 con UNICEF en Haití.

John Calipari, el controvertido entrenador de los Kentucky Wildcats de la NCAA, también ha organizado una campaña de apoyo económico. Pau Gasol ha realizado un llamamiento de donativos a UNICEF con destino Haití, y la propia NBA ha organizado una partida de dinero para el país antillano. Por aquí, nada en el horizonte.

Hace unos días Javier Díaz Carballeira, entrenador de baloncesto, colgaba en su blog la siguiente declaración. “¿De verdad no puede existir el mundo desarrollado sin el Tercer Mundo? ¿De verdad no podemos organizarnos para gestionar los recursos, la natalidad y que no viva gente bajo el umbral de la pobreza?”.

Totalmente cierto, la ayuda llega tarde, mal, y se lanza desde helicópteros. Aunque supongo que una parte de lo que nos rasquemos de nuestros bolsillos será algo.

En el semanario Alternativas, editado en Uruguay, leo: “¿Qué van a hacer ahora los cascos azules? Sin duda van a dispararle por la espalda a los hambrientos que deambulan sin destino porque se apropian de algo para comer… sin duda los rostros haitianos reflejan la peor pesadilla que imaginemos, sin duda el cine de terror se quedó corto. Ante la catástrofe, para estos pobres insurrectos no hay rescate. Morirán sin más bajo los escombros, morirán mientras Obama se apura a enviar más tropas, mientras el BID vota partidas rápidas de dólares… Ya las multinacionales se frotan las manos felices evaluando lo que se van a embolsar en la reconstrucción de Haití donde la gente sobrevive con menos de dos dólares diarios, donde la mano de obra es la más barata del mundo”.

Me cuesta saber qué se puede hacer, pero supongo que también es ba-lon-ces-to pensar que una tragedia como la de Haití, tiene que ver con nuestras vidas y nuestro cotidiano. Y que si un chaval que le gusta el baloncesto lee un titular sobre Haití, en el espacio de baloncesto de un periódico deportivo, sabrá que es importante no mirar hacia otro lado. Eso también es formación pienso yo, y nos corresponde a todos. No sólo a los "entrenadores de cantera".

En el año 2002 los datos hablaban de que la mayor parte de los recursos de Haití estaban en manos del 15% de su población (el 1% de origen europeo poseía la mitad de los bienes del país). El 73% de los haitianos vivía en la pobreza extrema, carecía de saneamiento, padecía escasez de agua potable y en la mayoría de los casos, no tenía acceso a la electricidad. Dos tercios de los haitianos no lograban comer un plato de comida diario; el tercio restante sólo a una ración al día. Tras el terremoto la situación es todavía peor.

No sé si seremos nosotros los que solucionemos algo. Ninguna esperanza me supone la clase política que se llena de palabras cuando hace falta hechos, o los bancos que me mandan un sms ofreciendo sus depósitos para canalizar la ayuda. También confieso que poca confianza me producen algunas organizaciones humanitarias, más preocupadas por tener el último modelo de 4x4 en nómina que de intervenir.

Pero no puedo evitar gritar que hay algo aquí que va mal, y que tiene que ver con todos. Con nosotros, con vosotros, y con ellos.