viernes, 14 de marzo de 2014

Del juego al estadio

Hace unos años, en un curso de formación de entrenadores de baloncesto de primer nivel, el profesor (también entrenador) preguntó al alumnado por cuáles eran los requerimientos para ser un buen entrenador. En el contexto del curso, uno de los alumnos señaló: “Ser una buena persona”. El profesor inquirió sobre el significado de la respuesta, a lo que el alumno contestó: “Que los jugadores se diviertan, que jueguen todos, que las decisiones sean justas, que les formemos para ser también buenos ciudadanos...”. El profesor frenó al alumno de forma tajante: “A divertirse no se viene al baloncesto, se va al parque de atracciones”. La anécdota es ilustrativa de las lógicas formativas en las que vivimos en relación al deporte. Hace no tanto, un entrenador de primer nivel señalaba la disquisición entre “divertirse” y “disfrutar”. Propuesta mucho más interesante para debatir, especialmente si hablamos de juego, deporte y ética. Pero la lógica más extendida -desgraciadamente- es la que señalaba el profesor del curso de entrenadores: La diversión no está en las prioridades actuales del deporte en edades tempranas, no digamos cuando se habita en el deporte de élite. Primero la victoria, luego ya veremos.

Mi nuevo libro, Del juego al estadio. Reflexiones sobre ética y deporte (Clave Intelectual, 2014), comienza por ahí. Escrito junto con Claudio Tamburrini, investigador del Centre for Healthcare Ethics de la Universidad de Estocolmo en Suecia, se trata de una conversación a dos voces alrededor de la ética y el deporte en diferentes contextos, desde las primeras etapas más relacionadas con el juego, hasta los procesos que se producen en el espacio hiperprofesional, donde las lógicas que imperan tienen multitud de derivas. Es un libro multideportivo, pero donde el fútbol ocupa un espacio importante, en buena medida porque su relevancia social es indiscutible.

Santiago Segurola, preguntaba a Pep Guardiola en el libro Fútbol y pasiones políticas: “¿Que te ha enseñado el fútbol?”. A lo que el técnico catalán respondía: “Adoro este juego, pero me ha enseñado lo que significa el egoísmo. Es un mundo que depende tanto de la prensa, del efecto mediático, de los poderes económicos, que no puede ser ni muy limpio, ni transparente”. Algunas de las secuencias que señala Guardiola están en Del juego al estadio: el éxito y su gestión desde edades tempranas; la ética que manejamos para hablar del deporte; las situaciones que se producen a pie de cancha; la cuestiones relacionadas con la política y la sexualidad; el lugar que ocupan la prensa y el espectáculo; el profesionalismo en relación a la salud y el dopaje. Asuntos poco habituales en el debate deportivo, cuando precisamente el deporte ocupa las preocupaciones de millones de personas en todo el mundo, expresadas por la importancia mediática que tiene.

Además el libro trata en un último capítulo la experiencia del propio Claudio Tamburrini, secuestrado por la dictadura argentina el 23 de noviembre de 1977 cuando era estudiante de filosofía de la Universidad de Buenos Aires y portero profesional del club Almagro. Claudio protagonizó, 120 días después de su secuestro, una espectacular fuga de Mansión Seré, centro de tortura de la Fuerza Aérea argentina durante el último gobierno militar. En su exilio en Suecia, donde reside hasta la actualidad, teorizó sobre la relación entre la ética y el deporte.

Hace unas semanas era noticia que el primer jugador abiertamente gay en activo en un deporte profesional estadounidense, Jason Collins, jugaba con los Brooklyn Nets. Al respecto, en mayo de 2013, Sports Illustrated realizó un número sobre la situación del jugador de la NBA. En el editorial de la revista se señalaba: “La declaración de Jason Collins en estas páginas demuestra, como pocas cosas, que no somos la nación que fuimos hace diez, cinco o incluso dos años. Parece una obviedad que su decisión prenderá la llama de más cambios. Pero cuando, como en este caso, nuestro mundo deportivo analizado hasta el infinito y salvajemente popular aparezca por fin como el último indicador rezagado de un cambio cultural que ya está teniendo lugar, la pregunta que habrá que hacerse es: ¿cómo hemos llegado a esta situación?”.


De eso trata el libro, de analizar y reflexionar sobre la situación actual del deporte. De sus derivas, negativas y positivas, en relación a las sociedades que habitamos y a los nuevos tiempos de vida que se plantean en relación al espacio que los ciudadanos debemos ocupar, dentro y fuera de una cancha, más allá de lo que señale el cronómetro o las interpretaciones mediáticas de una actividad física que genera enorme expectación e interés. Un debate también imprescindible y perentorio para los que firmamos éste libro, que cuenta con prólogo de Ángel Cappa y epílogo de Ángel Luis Lara. Espero que os guste el resultado.

PD: Os dejo algunos enlaces de noticias relacionadas con la publicación del libro.


5 historias futbolísticas que te harán cuestionar tus valores





lunes, 9 de diciembre de 2013

Un viaje con Fernando Romay

Ya se puede comprar en librerías mi último libro: Altísimo. Un viaje con Fernando Romay (Ediciones Turpial). Una propuesta que va más allá del personaje, para hablar también de un tiempo muy especial dentro y fuera de las canchas en el que el pívot del Real Madrid y la selección fue protagonista destacado. Para aquellos que lo quieran pedir por correo os dejo este enlace para comprarlo. A continuación presento un texto que he publicado en el Espacio Liga Endesa alrededor de Fernando Romay, con motivo del libro, espero que os guste.

Con 14 años Fernando Romay llegó a la Estación Norte de Madrid. Era el mes de julio de 1974, hacia calor y los tiempos sociales dentro y fuera de las canchas estaban en plena ebullición. Fernando venía desde Coruña, no había jugado un solo partido de baloncesto y sus perspectivas de futuro eran inciertas. Venía a probar con el Real Madrid. En el Pabellón de la Ciudad Deportiva vio desfilar a Pedro Ferrándiz, Wayne Brabender, Walter Szczerbiak, Emiliano, Clifford Luyk, Cabrera y Juanito Corbalán, entre otros. No sabía que se quedaría tanto tiempo en el Real Madrid, casi 20 años, no tenía zapatillas de su pie, un 56, y se entrenó con unas John Smith a las que había recortado la puntera de goma y de las que sobresalían los dedos de su pie.

A mediados de la década de los setenta era complicado encontrar jugadores que sobrepasaran los dos metros en España. Fernando Romay llegaba a los 2'13 y era el pívot que le faltaba a la selección española y al Real Madrid para hacer sombra a jugadores como Vladimir Tkachenko, Alexander Belosteny o Dino Meneghin. Si algo le faltaba al baloncesto español de aquellos tiempos era precisamente centímetros. Fernando tenía unos cuantos. Sólo había que ponerlos a funcionar para beneficio del baloncesto. Y lo hizo, con mucho esfuerzo y dedicación.

Fernando Romay compartió mesa, mantel y títulos, durante su trayectoria como jugador del Real Madrid, con jugadores como Mirza Delibasic, Wayne Robinson, Fernando Martín, Juanma Iturriaga, Drazen Petrovic o Arvydas Sabonis. Casi siempre con Lolo Sáinz en el banquillo. Se peleó en las zonas de canchas situadas en Yugoslavia, Italia, Turquía o la Unión Soviética donde el ambiente podía ser de frío extremo o temperatura abrasiva. El palmarés lo dice todo: siete títulos de Liga ACB, cinco Copas del Rey, dos Copas de Europa, tres Recopas, una Copa Korac, dos Copas Intercontinentales y un Campeonato Mundial de Clubs. También bregó contra uno de los mejores equipos que planteó el Barça de baloncesto, aquél en el que jugaban Nacho Solozábal, Juan Antonio San Epifanio, Chicho Sibilio, Andrés Jiménez o el incombustible -hasta que sus rodillas empezaron a flojear- Audie Norris, por citar a algunos.




En aquellos años de parquét oscuro y grada furiosa, los pívots tenían atribuciones diferentes a las actuales. Hasta 1984 no llegó la línea de tres puntos que empezó a abrir espacios en el campo. Hasta entonces a los jugadores altos se les pedía en ataque recibir arriba, girar y encestar. Como mucho un bote o dos. En defensa hacían la función de portero-delantero, despejar y luego correr al otro campo. En un derbi contra el Estudiantes en 1986, Luis Gómez contaba en las páginas del diario El País: “Empeñado el Estudiantes en jugar más cerca de la canasta, se encontró con el largo manotazo de Romay, guardameta del aro que paraba a taponazos todo balón que volaba por el aire. Lo hizo en cinco ocasiones consecutivas para frustrar el final de infarto”.

Pero Fernando Romay fue también protagonista de una de las grandes fotografías de la historia de nuestro baloncesto. Aquella que se hizo para mayor gloria de varias generaciones el 24 de agosto de 1984 en el Forum de Inglewood en Los Ángeles. En la final contra Estados Unidos estaban: Fernando Arcega, José Manuel Beirán, Juan Antonio Corbalán, Juan Domingo de la Cruz, Andrés Jiménez, José Luis Llorente, Juan Manuel López Iturriaga, Jospep María Margall, Fernando Martín, Juan Antonio San Epifanio, Ignacio Solozábal y Fernando Romay. Una madrugada en la que muchos descubrimos a un jovencito que luego rompería los límites de la gravedad, del tiempo, del suspense y de la lógica: Michael Jordan. Precisamente, al mejor jugador de todos los tiempos, Romay le puso un gorro del que apenás reparamos en su momento porque estábamos abducidos por un ambiente y un baloncesto que nos parecía ciencia ficción. Aquella noche, aquél tiempo de la selección, no se podría entender sin uno de los protagonistas indispensables para entender la penetración del baloncesto en nuestro país: Antonio Díaz-Miguel.




En el viaje que Fernando Romay recorrió a pie de cancha desde 1974 hasta 1995 son muchos los protagonista que compartieron trayecto. La mayoría aparecen en el libro Altísimo. Un viaje con Fernando Romay que he publicado con Ediciones Turpial. No es un libro sobre Fernando, es un libro con Fernando. En esa aventura que salió de la estación de Gaiteira en Coruña, poco después de que el Real Madrid llamara a su casa preguntando por un chaval del que le habían llegado referencias difusas -pero con la certeza de que era altísimo- pasaron muchas cosas. Si hacemos una proyección retrospectiva, podremos ver la final de la Copa de Europa en Berlín Occidental en 1980; la plata en el Eurobasket de 1983 en Nantes con la selección; la marcha de Fernando Martín a la NBA, su regreso y dramático fallecimiento; la llegada del odiado Drazen Petrovic; el partido contra los Celtics en el Palacio en 1988; el posterior aterrizaje de El Zar multiusos Arvydas Sabonis; la salida del club blanco para ir a jugar con el OAR Ferrol y más tarde con el CAI Zaragoza. En el repaso a la historia reciente de nuestro baloncesto, Fernando Romay es uno de sus protagonistas indiscutibles.

En el libro se recoge todo el ambiente que el vivió dentro de la cancha, pero también el que vivimos el resto de los ciudadanos fuera de los pabellones. En aquél país que pasó de vivir en blanco y negro a incorporar progresivamente el color. De tener dos canales de televisión a una variedad más que considerable. De ver la NBA como si fuera otro deporte remotamente parecido al nuestro, a tener allí a algunos de los que más camisetas venden. Del Telón de Acero y el enfrentamiento de bloques a la globalización. De los teletipos de prensa a última hora a los tuits y retuits. En el manuscrito hay muchos protagonismos compartidos. Uno puede ser los jugadores que desfilan en los paisajes del baloncesto que se cuentan alrededor de Fernando Romay, otro podría ser las evoluciones sociales que se vivieron y otro, también, es la figura de los periodistas deportivos que contaron todo esto: Pedro Barthe, Andrés Montes, Ramón Trecet o J.J. Brotons, por citar solo a algunos pocos de los que aparecen en el relato.


También sale referida su vida después de ocupar un lugar importante en el poste bajo, que continúa -como no podía ser de otra manera- ligada al baloncesto a través de la Federación Española de Baloncesto (FEB), también su relación con la televisión y la comunicación, además de otras circunstancias. Con prólogo de Juanma Iturriaga y epílogo de Paco Torres, Altísimo. Un viaje con Fernando Romay es una propuesta colectiva para mirar con atención el espejo retrovisor de un tiempo de baloncesto necesario para entender el momento actual que vivimos, plagado de buenas noticias y títulos. Para entender ese desarrollo, es necesario fijar la vista en la historia de Fernando Romay, que como otros jugadores de aquellos tiempos de transiciones ayudaron decisivamente a encontrarnos donde estamos ahora. No es poco, al contrario, es muchísimo. Disfruten del viaje.



PD: Dejo algunos enlaces de entrevistas alrededor del libro:
- Entrevista en Periodista Digital.
- Entrevista en Radio Marca.
- Entrevista en La Noche de la COPE.
- Entrevista Las Mañanas de RNE.
 

domingo, 25 de agosto de 2013

Sensaciones de la selección

El Palacio de los Deportes de Madrid presenta grada abarrotada y ganas de buen partido. Sin menospreciar pruebas anteriores, lo que queda claro es que Francia es un equipo con galones. No sólo por lo que presenta en pista, que ya es, sino también por lo que tiene guardado para citas más determinantes. Tony Parker es un tipo que te puede romper un partido con dos cambios, tres tiros y cuatro asistencias. A pesar de las ausencias, el encuentro mantiene las señas del clásico europeo, lo cuál habla bien de un baloncesto continental más fresco que en décadas pasadas donde el bigote, el hacha y el músculo era lo que predominaba. Ahora hay más cintura y eso se agradece. Para muestra Batum.


Horas antes del partido contra Francia, en un restaurante cercano al Palacio, un chaval algo tímido se acerca a la mesa en la que nos encontramos comiendo. Su padre le ha comentado que ese tipo tan alto que disfruta de una excelente gastronomía fue en su día uno de los jugadores más importantes del país. El chico pide una foto para tener testimonio del encuentro. Fernando Romay no duda en posar con el chico, sonreír a la cámara y soltar unas bromas. Guillermo se marcha encantado, la familia vino desde fuera de Madrid para disfrutar de un partido de baloncesto con mayúsculas. En 1984 tras aquella madrugada de plata, Juanito Corbalán decía al pisar Barajas: “El futuro va a estar complicado después de ganar la medalla, porque el público va a exigir mucho más”. Aquello es historia. Por entonces nuestra selección se dividía prácticamente entre Barça y Madrid. Ahora en el cinco saltan cuatro que juegan en la NBA y nadie repara como algo excepcional que no haya un sólo jugador del Barça en la selección. La diversidad de la calidad, jugador por jugador, es una excelente señal.



El día antes del encuentro la selección hacía trabajo físico en el Triángulo de Oro, el pabellón donde habitualmente se entrenan cuando vienen por la capital. El ambiente es distendido y se percibe que hay confianza en el grupo. Igualmente el cuerpo técnico -Juan Antonio Orenga, Jaume Ponsarnau y Jenaro Díaz- proyectan planificación colectiva y espíritu de colaboración. El punto de este equipo que irá dentro de unos días a Eslovenia a jugar el Eurobasket, visto desde fuera, es precisamente ese, la distensión y el apoyo mutuo. El producto esta elaborado (en esta ocasión) para que no haya excesivas reprimendas y con la garantía acumulada de los últimos años, lo que uno intuye es que hay una baza determinante que se mantiene en el grupo: la confianza. Algo que no es un asunto menor toda vez que equipos con títulos nobiliarios en el róster se han estrellado cuando se han visto juntos. La distancia con el año 84 es abismal.


En la bancada de la prensa están sentados Alejandro, Fernando y Andrés, entre otros muchos. Hay un significado importante, el equipo sigue atrayendo, la propuesta genera interés y el resultado global es una incógnita. Material suficiente para el periodista no condescendiente y de honradas consideraciones críticas. Al contrario de las estridencias que genera el deporte mayor, en esta parte de la grada se percibe cordialidad, entre periodistas y también con el equipo. No hay voluntad de ruido, algo poco habitual en estos tiempos que vivimos, sino de mesura y compresión por las circunstancias. Nadie sensato reprocha las ausencias, ni tampoco presiona en exceso a las novedades. A pesar de que a alguno le falte un hervor.


Eso sí, en la pista hay un tipo que manda. Se llama Marc Gasol, el chavalote ha revertido en auténtico zar, con las mejores credenciales de anteriores dueños de la zona que tuvieron ese título. Su poderío es tal, que hasta en Estados Unidos dieron un premio ajeno para loar sus virtudes. Con el balón arriba y el brazo extendido no hay nadie que la pueda pillar su trozo del pastel. Un pívot con batuta es mucho pívot. En otras áreas la faena esta muy bien servida. Como esta crónica no va de análisis, sino de sensaciones, habrá que mencionar a uno que parece estar en permanente estado de comodidad desde hace meses: Sergio Rodríguez. El canario se mueve por la pista con una soltura que hace innecesario el cinturón de seguridad que antes había que colocarle y que terminaba por meterle en atascos de juego. Ahora su juego tiene flow y encaja a la perfección en los momentos de empanamiento del grupo. El resto de jugadores tienen calidad, oficio o saber estar. Los hay que incluso tienen esas tres virtudes juntas, como Calderón. Por no hablar de la capacidad de mágia y vista periférica de Ricky Rubio, Rudy o Llull, en según que momentos, o la voluntad de sacrificio de un tipo excepcional como Fernando San Emeterio. Puntualizaciones y gustos al margen, del conjunto, por ahora, sólo se puede hablar bien.


Las sinergias entre el padre y el chico que vienen a la mesa de Romay, es que entonces como ahora hay un plantel de nombres propios y colectivos que marcará un tiempo de nuestro baloncesto. No es poca cosa. Con una liga ACB desfondada económicamente y precaria de ideas, la selección es la garantía de que los buenos tiempos del baloncesto tienen pasado reciente, presente equilibrado, futuro prometedor y memoria compartida. “Al chico le encanta el baloncesto” dice el padre de Guillermo antes de irse felíces. Razón suficiente para felicitarnos, ocurra lo que ocurra en Eslovenia. La garantía del producto incluye varios años, por encima de lo que pase en el examen de septiembre, al que nos presentamos con opciones de nota.

PD: Ilustraciones: Enrique Flores.
 

martes, 20 de agosto de 2013

PROFESORES vs ALUMNOS

 El Estudiantes es un equipo de patio de colegio, al menos lo fue en sus orígenes y algunos apostamos porque lo siga siendo siempre. Un patio con nombre y apellido: Ramiro de Maeztu. Entre el revoltijo de papeles propios y heredados que hay en el hogar familiar he encontrado esta joya que explica mejor esa afirmación. Se publicó en el número 8 de la revista 'Dialogos del Ramiro' (Organo Informativo de la Asociación de Padres de Alumnos del IRM) en marzo de 1975. Sus autores son J. Mª. Arce y Borda; J. Del Barrio Marcaida; Alberto Suárez-Inclán; Iñigo de Vicente Mingarro; alumnos entonces de 8ª de E.G.B. Dejo la crónica tal cual la escribieron. Literatura ramireña en toda regla, un lujo en estos tiempos de normalizado sopor escolar.



                                TRADICIONAL PARTIDO PROFESORES-ALUMNOS

Como todos los años y con motivo de la festividad de Santo Tomás de Aquino, se celebró el tradicional partido “Profesores-Alumnos”. Había bastante expectación en su mayor parte alumnos del colegio que se habían quedado a comer en la “cantina”.

El polideportivo “Antonio Magariños” se abrió a las cuatro y media y en unos minutos la gente se había acomodado y estaba impaciente a pesar de que el partido comenzara a las cinco.

En primer lugar aparecieron los profesores que fueron recibidos entre un gran abucheo. Seguidamente saltaron al campo los alumnos, que vestidos de forma extravagante dieron media vuelta al campo entre aplausos por parte de sus seguidores. Una vez colocados en sus sitios, salió la madrina del encuentro que recibió un ramo de flores de los alumnos, y en señal de agradecimiento dio un beso a cada uno de los componentes de dicho equipo, que se ponían en cola nuevamente según iban terminando.

La primera parte transcurrió normalmente a excepción de algunas graciosas payasadas típicas de este partido como aquel gol de cabeza de un alumno a pase de uno de sus compañeros. La gente aplaudió este inesperado gol. En este tiempo fue agarrado y “manteado” un profesor de E.G.B por el equipo contrario. Cuando los jugadores se retiraron para descansar todos los chicos saltaron al campo para recoger las pelotillas que anteriormente habían lanzado. Los profesores durante este período se dedicaron a jugar con sus hijos y a charlar con aquellos que no jugaban.



En la segunda mitad las cosas cambiaron y el partido se volvió más ameno. La alineación inicial del primer tiempo duró poco en el segundo, pues todos los profesores del banquillo salieron a ayudar a sus compañeros contra los cinco componentes del otro equipo. Como los árbitros permitieron esto, los alumnos se enfadaron y mantearon a uno de éstos, su compañero al intentar ayudarle sufrió las mismas consecuencias. Tras esta broma, para alcanzar mejor la canasta los estudiantes se subieron uno encima de otro.

Después de que el partido trascurriera con un poco de calma, dos compañeros de estudio colocaron sobre el aro de la canasta a un loro, al cual su dueño les había enseñado a decir: “FUERA PROFESORES, FUERA PROFESORES” en el momento en que el árbitro señalaba una falta personal contra los alumnos. Al no atreverse los profesores, el árbitro, con gran crueldad, lanzó el balón que dio al loro, que se asustó y se cayó al suelo chillando en su jerga.

Poco después acabó el partido, con el marcador señalando sesenta y siete – sesenta y seis a favor de los alumnos. Este resultado es altamente dudoso, pues el marcador y sus manipuladores en vez de cumplir lo establecido por el reglamento de dos puntos por canasta animaron el partido de forma que era muy difícil despegarse y establecer claras diferencias entre los contendientes.

La salida resultó igual que la entrada. MUCHO DESORDEN; MUCHO GRITO Y DEMASIADA PRISA POR SALIR; AUNQUE LA GENTE HABÍA PASADO UNA AGRADABLE Y DIVERTIDA TARDE.

NdT: Volveremos.

jueves, 23 de mayo de 2013

El avión de Daimiel

En el libro de Antoni Daimiel, El sueño de mi desvelo (Editorial Córner, 2013), se narra el principio de la película Las aventuras de Jeremías Johnson para ilustrar la llegada de los primeros jugadores europeos a la NBA en los '80. Algo así como pioneros en tierra hostil. Más o menos como debió sentirse Fernando Martín cuando aterrizó en Portland en 1986 con traje de explorador. Para los que vimos pasar el avión desde una cancha de entrenamiento al aire libre, con tableros de conglomerado, aros rocosos y equipaciones raquíticas, aquello era lo más parecido a alcanzar la gloria. Daba igual que luego apenas jugara, eso nos parecía lo de menos. Él estaba allí. Para nosotros entonces La Meca no era el Madison, sino todo.



El sueño de mi desvelo. Historias nocturnas e imborrables de la NBA narra en primera persona la experiencia de Antoni Daimiel comentando partidos de las NBA -casi ininterrumpidamente desde 1995 hasta la actualidad- sin olvidarse de mirar de vez en cuando por el retrovisor, de recordarnos algunos de los mejores flashes, de contarnos encuentros y desencuentros o de dejarnos intuir conversaciones apasionadas (no necesariamente de baloncesto) en interesantes restaurantes y garitos. Siempre atento a lo que pasaba en una cancha del planeta americano. A veces en estudio y otras en la grada de prensa del All Star Weekend o de las Finals.

Parte del viaje lo hizo acompañándose con el periodista Andrés Montes. Formando un dúo perfecto en técnica, interpretación y virtuosismo. Elementos imprescindibles para que suene bien la música. Contaba Coll que su compañero artístico Tip solía decir que “el absurdo también tiene una lógica” y que el más alto de la pareja “era imprevisible, una sorpresa continua”. Algo que creo se ajusta también a la idiosincracia descriptiva de Montes en sus narraciones, siempre cargadas de una lógica que no fallaba porque conectaba lo terrenal con el espacio sideral. Así fue como pasamos de ver y oir las proezas de Dios disfrazado de jugador de baloncesto en Utah hasta saborear el proceso para dar E.T el salto desde la tierra de Elvis hasta el glamour de Hollywood. Recordando siempre “qué pasó el verano del 99”. Las partes del libro en que habla de Andrés Montes son un homenaje (muy) elegante al artista más importante de la narración deportiva en televisión desde Matías Prats Padre. En buena parte porque aquellas retransmisiones a dos voces y cuatro manos eran canela en rama.

Pero el libro es mucho más. Es una buena forma de hacer periodismo y de relacionarse con el espectador/lector sin necesidad de prismáticos, algo desgraciadamente poco habitual. De la lectura de las entrelíneas se detecta que el asunto no es casualidad, el fondo es tan bueno como la superficie. Meter sonido ambiente a un libro de baloncesto no es tarea sencilla y el texto lo logra hasta enganchar: poniendo música; haciendo arqueología social de Estados Unidos; evocando sutilezas sin bloqueo; redactando crónica rosa y negra (o al revés) y madrugando mucho para contarnos la NBA, la mejor liga del mundo. El sistema de comunicación del avión que pilota (en sentido figurado y en el sentido macarra del término) Antoni Daimiel es perfecto de cara al público y de puertas adentro.

Hay que felicitarse por este ejercicio de memoria tan bien contado.

lunes, 11 de febrero de 2013

El Barça, campeón en tres actos

El Barcelona se llevó una final de la Copa del Rey que compartió protagonismo -de nuevo- con la pitada al himno nacional y a la presencia del Rey. Como segundo clasificado quedó un meritorio Valencia Basket que aguantó dos partidos y medio a base de aplicar una defensa soberbia.

Fotografía de equipo del Barça baloncesto

A partir de ahí el Barça mostró unos galones que habían pasado desapercibidos en la Liga Endesa pero que recordaron la enjundia de un equipo que ha realizado sobresalientes temporadas no hace tanto, con algunos de los mimbres que mantiene en la plantilla. En parte, gracias a un Pete Mickael -elegido MVP de la final- que fue el de las grandes ocasiones, el indiscutible martillo que percuta sobre los contrarios para minar sus resistencias.

Para llegar hasta ahí el Barça lidió antes con los huesos más duros de la competición: el Real Madrid y el Baskonia.

El primer día de la Copa del Rey 2013, el Barça y el Real Madrid nos regalaron un partido antológico. Un duelo de resistencias al conformismo que se saldó con dos prórrogas, un marcador mayúsculo (111-108) y una victoria blaugrana. En la excepcional presentación destacó la actuación de Pete Mickael y Ante Tomic, pero por allí también anduvo un Juan Carlos Navarro que se ha sentido arropado con la llegada de un jugador de la fiabilidad en ataque y defensa de Brad Oleson.

Precisamente Navarro, a sus 32 años y seis copas, fue el protagonista del segundo asalto hacia la final. Un partido contra un combativo Baskonia que sólo se resolvió en el último cuarto, cuando el equipo de Tabak y la entregada afición local se dieron cuenta de que es casi imposible doblegar al jugador de San Feliu de Llobregat cuando esta inspirado. Navarro regaló otra actuación para el recuerdo, en esta temporada intermitente de lesiones y partidazos. Un recorrido que debería reconocer el público con algo más de flexibilidad, toda vez que en días como el de la semifinal contra Baskonia el arte del jugador catalán esta más cerca del espectáculo que de las anodinas dinámicas que a veces se ven en el baloncesto ACB. Afortunados somos aquellos que podremos contar que le vimos en directo.


La Copa por supuesto tuvo mucho más: Un Faverani que reivindicó a un Valencia muy mentalizado; un Gran Canaria que rompió el 0-6 en su contra para pasar por primera vez a unas semifinales a las que llegó algo encogido; un Baskonia con carácter al que le pesó la juventud en cinco minutos del último cuarto de su semifinal en la que no vio aro; un Real Madrid fiel a un estilo -algo desdibujado- que sólo salió derrotado porque enfrente tuvo a un Barça peleón; un CAI Zaragoza y un Bilbao Basket poco finos que jugaron con la grada en su contra; y un Estudiantes gripadísimo que enseñó sus vergüenzas sin un Carl English enfermo en la última llamada.

Por el camino quedó una ciudad entregada al baloncesto, que hizo de la amabilidad y el saber estar, una agradable demostración de que la fiesta del baloncesto mejora cuando se celebra en lugares donde el roce de aficiones es parte importante del evento. Y eso a pesar de los chaparrones, meteorológicos y sociales, que fueron también reivindicados desde la grada al grito recurrente de "sanidad pública" que alentó la afición colegial desplazada hasta Vitoria-Gasteiz.

Pero si sólo hablamos de baloncesto, el protagonismo fue de un Barça que había llegado generando algunas dudas por su errática trayectoria, pero que en estos días ha reivindicado su calidad a puñados. Su Copa número 23, cifra que iguala los logros madridistas en el mejor torneo de baloncesto que se celebra en este país. A pesar de los chaparrones y los pitos que han acompañado esta edición.

PD: Esta es mi crónica de la Copa 2013 publicada en elEconomista.es.